1 Angeles Caidos 2 Canción de cuna 3 Los caminos del viento 4 Soldadito de plomo 5 Arcano XIV 6 El viaje de las partículas 7 Tal vez mañana 8 El fantasma del 5to piso 9 Meroe y los sortilegios 10 La doble marca ESTA MARCADO Cuenta la leyenda que fue bautizado Skay por la Minujín, después de reproducir en tissue el último nevadito que se curtió Andy Warhol. Porque este Flaco, de profesión “violero de la hostia”, porta ojos color de cielo. También hablan que ni bien Richard Iorio pintaba para cabronazo, Eduardo Beilinson y la Negra Poli (Carmen Castro, esposa y manager del guitarrista) le descubrieron “La Marca de Cain”, nombre precisamente del tercer disco de Skay, sucesor de “Talismán” (2004), ahora junto a Los Seguidores de la Diosa Kali (Patrona de la destrucción y la regeneración). Y dan claves de su estética dark: lágrimas, sombra, miedo, espinas, dolor, vino y muerte, en los versos de sus diez nuevas canciones. Abel y Cain vienen de la mitología bíblica y son algo así como los aspectos del ser. La parte mística y la que tranza con la humanidad, la terrenal. Esta guerra interna se define en menos de tres cuartos de hora de oscura musicalidad e historias de un Tolkien bonaerense. En “Arcano XIV”, un souvenir sonoro de Marrakesh, hay cello, violín, flauta, tuba y por supuesto guitarra, gran protagonista. “La doble marca” también tiene vientos y cuerdas de sinfonía tenebrosa, pincelada por la voz de ultratumba de Skay. Un puñado de músicos más el artista plástico Rocambole en el booklet, aportan lo suyo pero la eléctrica se lleva los elogios. Más que ser un fetiche, se asocia con Skay en arpegios, riffs, fadeout y distorsiones para acompañar a los protagonistas de “Angeles caidos” y “Tal vez mañana”, o generar un beat gradual y bien “Gulp!” que estalla en “El fantasma del quinto piso”. Además hay balada en “El viaje de las partículas” y un blues etílico y creativo en “Canción de cuna”, mientras que la estupefaciente “Meroe y los sortilegios” se alquila para ser rockeada. Las letras mezclan seres mitológicos y terrenales. Dragones que sobrevuelan el obelisco, sofisticados bebés de titanio que duermen en una plaza y la voz de villano de cartoon que no es prodigiosa, aunque el tratado instrumental de “La Marca de Cain” cubre otras falencias de alguien que es piloto de prueba de su propio proyecto. Los recursos de la viola, explotados al mango, le permiten superar el cacheo de calidad, alistarse en lo dark y cercar con el contenido del disco para no escaparle a la propuesta de un rock oscurito por excelencia. Escrito por: Pablo Diaz D'Angelo
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